Los demonios internos nos hacen enfrentar muchas tentaciones

La vida no siempre es un oasis de paz. Hay momentos en los que te encuentras perdido en un gran desierto. No se ve nada. Miramos y vemos solo el sol y la arena, el calor y los espejismos. No hay ningún signo de vida que dé a nuestro corazón esperanza por el pasado. Atravesar desiertos no siempre es tarea fácil, porque allí entramos en contacto con las más variadas tentaciones nacidas de nuestras más diversas sedes: desánimo, falta de fe, incredulidad, revueltas internas, deseos de venganza, poder, codicia, envidia. Podemos decir que, en el desierto, nos enfrentamos a nuestros demonios internos, que duermen en nuestro corazón, esperando el momento oportuno para despertar; cuando despiertan, pueden causar una tremenda destrucción en nuestra alma y, por tanto, en nuestra vida, tanto humana como espiritual.

Foto: Wesley Almeida / cancaonova.com

Desiertos físicos y espirituales

El pueblo de Dios también ha pasado por muchos desiertos físicos y espirituales. Sin embargo, fue la confianza en su misericordia y amor lo que liberó a las personas de este viaje que a menudo parecía interminable. Este gesto de liberación ha marcado definitivamente la vida de estas personas. En libertad, experimentaron el amor concreto de un Dios presente en medio de las mayores dificultades de la travesía. Esta liberación dejó huellas profundas en la historia de la salvación. Nada más sería igual. Surgirían otros desiertos, pero ahora sabían que ya no estaban solos. En medio de las dificultades de los nuevos cruces del desierto que tenían que hacer, estaban seguros de que Dios caminaba con ellos.

Nuestras vidas están marcadas por los desiertos. En medio de estos tiempos, a menudo nos sentimos solos e indefensos. Parece que nunca llegaremos al final del cruce. Pero es en la experiencia del pueblo de Dios donde encontramos la fuerza para continuar. No estamos solos, nos acompaña el amor de Dios, que nos guía constantemente y nos muestra el mejor camino a seguir.

La experiencia del desierto también afectó profundamente la vida de Jesús. Después de ser bautizado en el Jordán, el Espíritu lo llevó al desierto. Cuarenta días de ayuno y pruebas marcaron este período en la vida de Cristo.

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En el desierto, entramos en contacto con nuestros deseos más profundos. Para salir adelante, nos sentimos tentados a aceptar cualquier oferta que garantice la liberación. Sin embargo, muchas de estas proposiciones son ilusorias. Se podría decir que son espejismos, porque se disuelven rápidamente. No son ciertas, pero se basan en nuestro deseo de superar las dificultades de una manera fácil y superficial.

Jesús fue tentado por el diablo. Se le pidió que saciara su hambre, pero su comida era divina. Estuvo tentado de tomar el poder sobre muchos reinos terrenales, pero su Reino era el Cielo. Estuvo tentado a desafiar el poder de Dios, pero Él mismo era Dios. Cristo venció la tentación de sus propias certezas.

Demonios internos

En el desierto de la vida somos tentados a apagar nuestra sed de muchas maneras, pero el agua que se nos ofrece no apaga nuestra verdadera sed. Los demonios internos nos ponen ante muchas tentaciones y espejismos. Todo esto, sin embargo, es ilusorio. Para no perderse, primero debe encontrarse a sí mismo.

En Cristo y en su Palabra, estamos invitados a encontrarnos con la fuente de la vida verdadera. Superando los demonios de los desiertos de la vida, experimentaremos la liberación en Aquel que es nuestro Liberador.

Por F. Tips

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